En palabras de Jan

Publicado en por Israel

superlopez

 

 

Estos días me he tenido que sumergir en el imaginario de la añeja Escuela Bruguera para escribir un reportaje. Entre el material no utilizado íntegramente, tiene especial interés este sencillo cuestionario que tan amablemente me contestó uno de nuestros maestros de la historieta, el gran Jan, papá de Superlópez, cuyas aventuras se pueden seguir disfrutando de la mano del sello Ediciones B.

 

 

¿Cómo era la relación entre compañeros cuando trabajaba en Bruguera? ¿Por quién tenía mayor estima?

 

-Eso es un tópico mal entendido. Cuando se montó la Editorial Bruguera, los dibujantes, como Cifré, Peñarroya, Escobar, etc... trabajaban juntos en un mismo local y entonces existía ese tipo de relación, que duró hasta que decidieron que cada autor trabajase en su casa y la editorial pasó a Camps y Fabrés... En esos años yo vivía en La Habana, Cuba. Regresé a España a primeros de 1970, que fue cuando empecé a colaborar. O sea que sólo fui eso: colaborador por cuenta propia, y apenas me cruzaba con alguno de aquellos míticos autores, como Escobar por ejemplo, en el vestíbulo, cuando íbamos a entregar nuestras páginas, o a cobrar en una ridícula ventanilla que parecía una taquilla de RENFE... A mí nunca me los presentaron... Solamente llegué a conocer a Ibáñez, pero no tuvimos apenas relación hasta que, ya en Ediciones B, coincidíamos en el avión cuando íbamos a firmar a los salones de Cómic. A Vázquez lo conocí gracias al director del departamento de Infantiles, Miguel Pellicer, pero ya cuando Bruguera fenecía; y tanto a Pellicer, que luego fue director de publicaciones en Ediciones B, como a Vázquez, los tenía en mucha estima.

 

¿Puede explicar alguna anécdota divertida de entonces, de la redacción, de su amistad con otros compañeros, etcétera?

 

-Como ya expuse en la primera pregunta, yo no podía tener ese tipo de relación con esos colegas, solamente con Miguel Pellicer, que siempre fue mi mejor amigo y me apoyaba dentro de Bruguera. Nos unía además de una amistad larga, intereses artísticos comunes: es un magnifico colorista y aprendí mucho de él. Con el guionista Francisco Pérez Navarro (Efepé) también llegué a tener una buena amistad y me lo pasé muy bien trabajando con él. Y es que iba casi a diario a mi estudio a trabajar allí.

 

¿Cómo describiría su trabajo en aquellos años?

 

-Desde 1970 hasta el cierre fueron años principalmente de sustento familiar. Para ello hacia las cosas más variadas, como cuentos y troquelados de los personajes de la casa, además de muchos otros de fuera, como Astérix y Obélix, Los Picapiedra, etc... Hasta que después de la creación de Superlópez me dediqué plenamente a él, y después a Pulgarcito.

 

¿Considera que su trabajo ha influido en otros autores? ¿Se le han acercado autores jóvenes para aprender de su trabajo?

 

-Tengo ya 71 años, claro que he de haber influido y así me lo manifiestan de vez en cuando al irlos conociendo en los salones de cómic u otras circunstancias, y recibo bastantes cartas o e-mails, algunos incluso desde Argentina. Es inevitable cuando llevas tantas generaciones haciendo un cómic como Superlópez. En general me van superando.

 

¿Cree que la historieta está bien considerada en España?

 

-Actualmente sí, bastante. Pero valorada, no tanto... No tenemos una industria del cómic potente detrás y por ello hay muy pocas revistas de historietas dirigidas a chicos de 12 a 18 años, que es el sector para el que creo trabajar. Hay más autores para adultos y muy buenos, aunque para sostenerse han de recurrir a la publicidad, al story board o a buscarse la vida fuera de España. Contemplando el pasado, desde los años de la postguerra a hoy hemos avanzado mucho en calidad y contenido cultural, pero también hemos perdido lectores...

 

¿Qué autores admiraba cuando empezaba a trabajar en el mundo de la historieta?

 

-Mis inicios no fueron en la historieta sino en el cine, en los dibujos animados dirigidos a la publicidad, y mis intereses estaban allí. La U.P.A. y su grafismo, como por ejemplo Mister Magoo, fue mi escuela. Con el tiempo derivé hacia los cómics y me llevé esa experiencia conmigo. No obstante siempre me gustaron los cómics de Harold Foster (Prince Valiant), Alex Raymond (Flash Gordon), Jesús Blasco (Cuto y Anita Diminuta), Herriman (Felix the Cat), Will Eisner (Spirit)…

 

En breve, ¿cómo describiría los años que estuvo trabajando en Bruguera a nivel creativo y laboral? ¿Ha mantenido relación con sus lectores, qué le dicen?

  

-Yo era el "enfant terrible" que Rafael González, director de historietas, no podía ni ver, pero seguía gracias al apoyo de Pellicer y también porque mi trabajo gustaba a Francesc Bruguera. Cuando yo llegué a Bruguera, en 1970, ya encontraba que era una editorial con un concepto del tebeo comercial, anticuado y conservador que necesitaba renovación y no sabían cómo. La mala gestión económica hizo el resto. Pero reconozco que me aportó práctica y oficio y fue una buena antesala a Ediciones B, mucho más abierta al cambio, más profesional y más respetuosa con los derechos de autor. Yo nunca me sentí integrado en esa escuela, ni tuve mucha relación con lectores en esa época excepto por las cartas que me escribían los niños que seguían Pulgarcito y que, ya mayores, todavía me preguntan. Fue posteriormente, ya en Ediciones B cuando tuve más relación con el público desde que decidí aceptar participar en firmas en los salones de cómic. Hay de todo, pero es verdad que muchos me preguntan si volveré a dibujar el Supergrupo por ejemplo...

 

Para concluir, ¿en qué proyectos se encuentra actualmente?

 

-Estoy empezando con una serie de personajes nuevos, sobre un grupo de chicos, estudiantes, que tienen un Superhéroe que radica en un CD y lo sacan cuando lo necesitan. No voy a dar detalles pues la cosa está por cocinar todavía... Desde luego que no dejaré de hacer historias de Superlópez, al menos dos álbumes al año.

 

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